Eros y Naturaleza en los paisajes de Ramón Vázquez

 

 

Ramón Vázquez adereza, con el gracejo y la voluptuosidad propios de nuestro talante, su visión de un paraíso recobrado donde hay cabida para todos los guiños y placeres, y también para la sátira (el choteo, diría Mañach) y la crítica. Hay un curiosear y un acechar de Vázquez por los rincones del valle intramontano, en los nidales donde se cobijan toda clase de seres y suceden todo tipo de cosas. Aun así, el paisaje continúa siendo un protagonista con un rol indispensable en esa mise en scène, que no solo pasa de ser un mero telón de fondo, sino que palpita con las claves de la vida.

 

Los otros dramatis personae fundamentales en estas historias son el hombre, los espíritus de la naturaleza y una especie de ser híbrido, mitad hombre y mitad monte o animal, en el que reconocemos enseguida las variantes locales del minotauro, la esfinge, una sirena o un centauro. Vázquez construye así los paradigmas-símbolos de su propia saga. Se trata de una mitología adánica ligada a los númenes del bosque. Estas figuras evanescentes, grotescas e imposibles, hacen la danza dionisíaca que subvierte la bucólica paz, como de dormidera, en que siempre se ha representado el valle. La naturaleza se manifiesta activa en ese desconcierto que es el monte, donde todo tiene una función azarosa. La capacidad de Vázquez para fabular parece no tener límites. Sus interpretaciones van más allá de lo real-maravilloso para internarse exclusivamente en un mundo de pura fantasía. Al igual que el aduanero Henri Rousseau, Vázquez se ha dejado seducir por el exotismo y la magia de la encantadora de serpientes.

 

Sus historias sazonadas con humor aparentemente ingenuo, son auténticas bacanales salpicadas de picardías y rascabucheos, donde también hay, decíamos, lugar para la sátira, a modo de caricatura social y moral. Vázquez recrea con su peculiar estilo burlesco los entresijos de nuestra realidad cotidiana y nuestro “carácter nacional” –nuestra tan llevada y traída “identidad”– a través de sus personajes-tipo. En esta humorada el guajiro, personaje paradigmático (Vázquez mismo es, en rigor, un guajiro cabal), no podía aparecer en pose tan cómica, tan ridículamente hermosa. Si le preguntaran el por qué de su obsesión por las formas “extrañas”, el pintor pretextaría, con todo, que más que “diseñar” las formas, él pinta de su “mala memoria”, pues no usa modelos. El hecho de modelar con la sola evocación de las cosas trae como resultas una forma más antojadiza, al parecer configurada arbitrariamente por la calidad emotiva del recuerdo, pero en definitiva una creación nueva, más suya. Es así que sus campos son únicos como lo son sus criaturas.

 

El artista ha encontrado al final del camino un modo de expresión afín con su temperamento y su sensibilidad, testimonio privativo de los que saben buscar. Estas tramas de luz como un encaje delicado, donde los matices compiten por mostrar todo el esplendor de la naturaleza, revelan además la minuciosa hechura del dibujo en las pinturas de Vázquez. Sus líneas son suaves, sinuosas, lo que acentúa la voluptuosidad que impera en sus cuadros. La pincelada exhibe un trazo fugaz y concentrado que se detiene en el detalle. Sus tonos, sutilmente emotivos, recorren el espectro desde de la reverberación de tornasoles en el mediodía, cuando la luz cenital despabila mil colores, al lirismo de sus nocturnos, dulzones y atemperados como una canción de cuna.

 

Es al fin la visualidad del trópico, del campo cubano, una región luminosa que explota en iridiscencias, ajena a los grises opacos y melancólicos de la vieja Europa. Y no podría ser de otra manera. Vázquez vive en un castillito que él mismo se construyó en la ladera de una loma. Desde allí se ve todo Viñales, el paisaje, inmortalizado primero por los lienzos de Domingo Ramos y Tiburcio Lorenzo, en la actualidad infinitamente reproducido-banalizado por pintores de domingo y postales turísticas.

 

Todos los días en el sopor de la tarde, cuando la luz es una telaraña que confunde los sentidos y nos devuelve la realidad de las cosas por el prisma de un caleidoscopio delirante, y luego en el crepúsculo, con sus fogonazos naranjas, Vázquez ve al valle vestirse con sus mejores tonos y le escucha hablar y cantar con sus mejores acentos. Y entonces le ofrece canjear el suspiro por la brisa, la imagen, o mejor, su guiño inconfundible por el ensueño.

 

David Horta                                                                          

 

David Horta (Pinar del Río, Cuba, 1973) es crítico de arte, editor y traductor.

 

Palabras del catálogo “Existe el Edén” (exposición personal de 2005, en la galería Cernuda Arte) 

 

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Ramón Vázquez embellishes, with the unaffected ease and voluptuousness typical of our cultural outlook, his vision of a "reclaimed paradise" where there is room for all intimations, pleasures, and also for satire (el choteo, as Mañach would say) and critique. There is a curious laying in wait and musing of Vázquez through the twists of the valley, in the nooks where all kinds of beings are shrouded, and all manner of things occur. Even so, the landscape continues to be a protagonist whit an indispensable part in this mise en scène, not only surpassing its role as a mere backdrop, but also pulsing with the primordial rhythms of life.

 

The other dramatis personae fundamental to these stories are man, the spirits of nature, and a peculiar hybrid being, half man and half forest or animal, in which we immediately recognize local variants of the Minotaur, the Sphinx, a mermaid, or a centaur. Thus, Vázquez composes the paradigm-symbols of his own saga. Before us lies an Adamic mythology, linked to the numinous woodland spirits. These evanescent figures, grotesque and impossible, comprise the Dionysian dance that subverts the somnolent, bucolic peace in which the valley has always been depicted. An active nature is revealed in this disconcert of the woodland, where everything has a function dictated by chance. Vázquez´s ability to fable appears to have no limits. His interpretations go beyond magical realism entering exclusively in a world of pure fantasy. Just like Le Douanier Henri Rousseau, Vázquez has allowed himself to be seduced by the exoticism and magic the snake charmer.

 

His stories seasoned whit an apparently naïve humor, are authentic Bacchanalia sprinkled with mischief and pries, where there is also, as mentioned before, a place for satire via social and moral caricature. Vázquez recreates, whit his peculiar, burlesque style, the intricacies of our quotidian reality and our "national character", our often moved to and fro "identity", through his  character-types. In this pictorial witticism the guajiro, or Cuban peasant, a paradigmatic personage, (Vázquez himself is, essentially, a true guajiro) could not appear in such a comical pose, so ridiculously beautiful. If he were asked the whys of his obsession with these "strange" forms, the painter would come up with all kinds of pretexts and explain that more than "designing" the forms, he paints from his "bad memory", since he does not use models. The act of modeling solely from evoking images, brings forth a more whimsical form, seemingly arbitrarily configured by the emotive quality of a recollection, but ultimately a new creation, more of his own. In this manner his landscapes are unique, as are his creatures.

 

The artist has found, at the end of the road, a mode of expression that corresponds with his temperament and sensibility, a distinctive testimony of those who know how to seek. These threads of light like a delicate lace, where hues compete to fully show the splendor of nature, also reveal the meticulous use of drawing in Vázquez´s paintings. His lines are soft, sinuous, accentuating the voluptuousness that reigns in his works. The brushstroke concedes an ephemeral and concentrated line which stresses the detail. His subtle emotive shades cover the whole spectrum, from the reverberation of changing hues at midday, when the light´s zenith displays a thousand colors, to the lyricism of his nocturnes, mellifluous and tempered, like a lullaby.

 

In essence, it´s the visual pleasure of the tropics, of the Cuban countryside, a luminous region that explodes in iridescence, distant from the opaque and melancholic grays of Old Europe. And it could not be any other way. Vázquez lives in a little hillside castle that he built for himself. From there one sees all the valley of Viñales, the landscape, first immortalized by canvases of Domingo Ramos and Tiburcio Lorenzo, at present, infinitely reproduced and banalized by weekend painters and tourist postcards.

 

 

Every day, in the stupor of the afternoon, when the light is a spider web that confuses the senses and brings us back to the reality of things through the prism of a deliriant kaleidoscope, and later at dusk, with its flares of orange, Vázquez sees the valley dressed in its best tones, and hears it speak and sing in its finest intonations. And then he offers to swap a sigh for the breeze, the image – or, better yet, his unmistakable wink for a reverie.

 

                                                                                                                                                                                                             David Horta 

 

 

David Horta (Pinar del Río, Cuba, 1973-) is an art critic, publisher, and translator.